|
martes, 01 de junio de 2010 - 02:07 p.m.
Esta semana se da cuenta de otra etapa del Instituto Electoral de Jalisco con el rimbombante apelativo de Instituto Electoral y de Participación Ciudadana.
Como siempre se habla de las ventajas de la democracia y del trabajo constante y fecundo. De los triunfos electorales. Se nos vende que se hace una selección exhaustiva y severa a través de más de un centenar de postulantes, quienes a lo mejor impulsados por actuar (aunque sea como tramoyistas) participan en este teatro.
Ser Consejero del ahora IEPC es un triunfo.
Pero no por el talento o trayectoria, sino por la capacidad de recibir el dedazo de los partidos.
La democracia simulada es producto de la partidocracia.
Los Consejeros reciben 140 mil pesos mensuales aproximadamente y como debe ser en este truco, no rinden cuentas a la ciudadanía sino a ese partido que dio el banderazo para que tenga un trabajo cómodo durante un buen lapso.
Ya a estas alturas se ha desvirtuado la idea de brindar un escudo de credibilidad a las elecciones. Lo que en un principio fue la necesidad de contar bien, hoy se ofrece como promotores de la vida social.
Sin embargo en la paradoja es la exigencia de la sociedad civil activa la que menos se cuenta en las cuentas alegres del IEPC:
Si bastara sólo con decir quién gana una elección, lo más sano y barato sería contratar a un grupo de escrutadores que den el resultado y hasta ahí sería más que suficiente.
Desde hace muchos años he o{ido la misma pregunta ¿y qué hacen cuando no hay elecciones? Y la respuesta es tan vaga que no hay algo que avale una beca que nos cuesta millones.
Nos damos lujos que ya quisieran regiones desarrolladas.
Para el colmo, últimamente las elecciones en Jalisco, a diferencia de otras entidades, han sido tranquilas, pacíficas y sin impugnaciones importantes.
Pero nada de eso se debe al IEPC sino al civismo y acción de esa ciudadanía cada vez más participativa y exigente.
Izar esas banderas de éxito es una falacia de una institución demacrada.
Esos triunfos del activismo no se deben ni al IEPC ni a los partidos, mucho menos a gobernantes, sino a quienes no únicamente tachan una boleta cada elección sino a los que a diario luchan por hacernos entender que la democracia no es una fecha en el calendario, sino una actitud de vida.
Con jugosas liquidaciones, ex presidentes del actual IEPC han pasado con más pena que gloria y sin cumplir con el mandato no escrito de ser acomodaticios a los caprichos de los dirigentes partidistas.
Fui de aquellos que creyó en David Gómez Álvarez por su preparación, formación y talento. Me consta su lucha por modernizar y avanzar, y me sé de memoria cómo quedó tachado y ninguneado cuando no quedó dentro del grupo de nobles.
Cuando las cosas de repente entraron a un rumbo de punto de retorno y sensatez, David Gómez Álvarez recuperó lo que supuestamente le robaron de las manos, y entró a ese Olimpo de ser presidente del IEPC.
Pero los resultados han sido pocos, por no decir nulos, y hoy se extraña a los ex presidentes, que en su momento también cayeron en desprestigio.
En ese doctorado de lambisconería, han pactado debajo de la mesa con esos partidos que coptan un poder que no les pertenece; un poder que se extiende a otras instituciones conocidas que meten la mano negra en aras de representarnos.
Pobres de nosotros que en este teatro nos conformamos con ser espectadores que aplauden las cien representaciones.
|